TROTSKY ARTIMAÑERO, CAPITULO 9

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Capitulo 9

 

EL AGUANTE - "DE MADERA" - OVARIOS

 

Resistimos como pudimos.

De verdad que les hicimos el aguante.

De este lado, todo aquel que pudiese levantar un fusil, sostenerlo entre los brazos y que no le temblase el pulso al disparar, o estaba sobre las murallas, o estaba en las barricadas que se habían armado rodeando la ciudad.

Del otro, los muy hijos de putas del ejercito rojo conducido por los mismos oficiales blancos que habíamos sacado cagando cuando lo de la contrarrevolución, que habíamos jurado que jamás les volveríamos a permitir que nos diesen una puta orden, y ahora los veíamos ahí, cagándose de risa de nosotros y de la mismísima revolución.

Le aguantamos, Portu, te lo juro, hasta la primera quincena de marzo los tuvimos a raya, le cascoteamos el rancho.

Los tenias que ver como rajaban sobre el agua helada, como los pozos abiertos por los obuses en el hielo se los tragaban. Nos tenias que ver llorarlos porque los sabíamos parte del pueblo, parte del pueblo conducida por un trío de hijos de putas, pero pueblo aun.

Y el frió Portu. El frió no aflojaba...

- por lo del efecto invernadero - le digo.

Que efecto invernadero ni la concha de su madre, era un frió de cagarse. Y cuando ya el deshielo debía haber despejado el puerto, el agua estaba más congelada que nunca. Con lo cual el ataque final se nos venia encima mas temprano que tarde.

"hagamos volar el hielo en mil pedazos" se oía en la plaza del Ancla... pero, como carajo íbamos a sostener una guerra interminable que nadie había imaginado, ni menos querido.

Para el 15 la suerte estaba echada.

Sin municiones, sin ropas, sin botas, sin comida, sin maderas con las que prender alguna fogata, aislados del resto de Rusia solo nos quedaba esperar el final "a lo Mazada" o ilusionarnos con que los "padrecitos" se diesen cuenta de la cagada que se estaban mandando y diesen marcha a tras.

Esperar y mirar como los "rosas" se venían cada tarde a jugar un fulbacho en nuestra cancha.

Los muy hijos de putas lo habían convertido en un rito.

A eso de las dos o las tres, se venían y armaban un fútbol con referí y todo.

Sabían bien que no los íbamos a cagar a tiros, "con que mierda le íbamos a tirar, ni un pedo nos quedaba para hacerlo sonar"

Sigo. Llegaban en banda y se ponían a correr sobre el hielo arrancando astillas con sus tapones de acero.

Jugaban unas dos horas y después se iban.

Una tarde estábamos con el irlandés, Blair y el Brigadier mirándolos jugar.

Eran durísimos entre ellos. Más que toscos con la pelota. Dolían los ojos de verlos. No hilvanaban una sola jugada que vos pudieses decir que era al menos bonita. Se cagaban a patas y siempre terminaban cagándose a golpes.

El Brigadier los sintetizo de manera perfecta, "son de madera dijo".

El ingles la caso al vuelo, y a los diez minutos le estaba dando a la sirena que convocaba la asamblea en el Ancla.

Fue el mismo Blair el que hizo el planteo. "hay que hacerle un desafió a los bolches, y si le ganamos, nos dejan sacar a las mujeres y a los pibes ("kids", dijo el) de la ciudad. Con eso ganamos tiempo, raciones de comida y nos aseguramos que los hijos del orto no los masacren".

El griterío aprobando la moción fue terrible. Solo se escuchaba una voz que trataba de abrirse paso a los oídos de todos por entre medio de quibombo.

Andreia Tstaieva se remango la pollera hasta casi la cintura (y la blancura y belleza de sus moldeados muslos encegueció y enmudeció a mas de uno) y casi caminando sobre las cabezas de los asambleístas se hizo un lugar para treparse a la tarima.

- ¡pero que mierda estoy escuchando! - grito - todo bien con el fulbito. La idea me parece buena. Pero, de donde carajo sacaron que nosotras nos vamos a ir de la ciudad. Y no es porque no queremos que piensen que no somos cagonas, eso en realidad me importa un mismísimo carajo, lo que si me importa es que ustedes también se crean, (al igual que los putos del Kremlin) que las mujeres no hicimos la revolución, que las mujeres somos débiles, que las mujeres no nos bancamos la contrarrevolución. De ustedes esperábamos otra cosa. Nosotras de acá no nos vamos. Acá cojimos, acá parimos, acá dimos de mamar y mamamos, acá pelamos y si hay que vivir vivimos, y si hay que morir que sea peleando al lado de nuestro hombres y nuestras mujeres. Y al que no le guste, ¡me chupa bien la concha! - acabo.

El irlandés ni siquiera la dejo bajar. Salto a la tarima y la abrazo como nunca más vi abrazar a una mujer. (Ojo, la Andreia se dejo abrazar también) y entre los casi alaridos de aprobación de la multitud a sus palabras, le partió la boca de un beso.

De mas esta decir que Trotsky acepto el desafió.

Especulaba que un equipo mal alimentado, hambreado, mal vestido, mal dormido, y con falta de fulbito encima, no podía hacerle frente a su escuadra de "termineitors".

El mal cogido recibió a nuestra delegación rodeado de rotwaillers, a los que tiraba pelotas para que las despedacen, y entre risas le dijo al gordo, "si ustedes ganan no solo nos vamos de Kronstadt, sino que también nos vamos de Rusia", "el 17 a la mañana nos vemos".

Ahora los problemas se nos multiplicaban. Como íbamos a armar el equipo, que camisetas íbamos a usar, de donde íbamos a sacar fuerzas para aguantar los noventa minutos de juego, y el mas terrible, "como carajo íbamos a jugar arriba del hielo". Si el pasto se congelaba, como a cada atardecer, a la mañana íbamos a resbalar a lo loco. Iba a ser "patines contra botines". Solamente con sus afilados tapones los muy turros marcarían una diferencia inimaginable.

Eso pensábamos todos los tipos que caminábamos por la cancha esa tarde del 16 de marzo.

El cielo estaba como todos los días, cubiertos de nubes negras que preanunciaban la futura nevada.

Éramos una horda vencida de antemano. Desolada.

El Brigadier saca una mano del bolsillo del gabán y la estira para atrapar el primer copo de nieve de la noche. Extiende la mano como si quisiera atrapar todo el frió de la puta Rusia. Pero sabe que es al pedo.

Ahí... cuando aun no había caído el segundo cristal de nieve... cuando hasta el mas rudo iba a quebrarse se escucharon pasos que venían desde la puerta de la ciudad.

¡Dios!, o mejor ¡diosas!

La Tstaieva se acercaba seguida de cuanta mina había en Kronstadt.

Matronas y putas. Esposas y amantes. Novias vírgenes de toda virginidad. Hermanas. Jóvenes con todos los sueños enrojeciéndoles el rostro.

- yo las vi hermosas, Portu, te lo juro, nunca vi minas mas bellas.-

Traían en sus manos las pocas mantas que nos quedaban, la poca leña que nos quedaba, las pocas ilusiones que nos quedaban.

- ¡se van a quedar ahí! - soltó la Andreia.

Nos fundimos negro.

Nos hicimos uno negro.

No quedo lugar de la cancha donde no hubiese una pareja o lo que fuera tapando con su cuerpo, con su calor, con el calor del sexo o lo que fuese, una mata de pasto.

Así pasamos la noche.

La noche más bella de nuestra vida.

Por la mañana, en las afueras de la ciudad el blanco cubría absolutamente todo. Una capa de más de medio metro de nieve lo sepultaba todo. Mataba todo.

Solo un lugar mostraba otro color.

Un verde amarillento. Un verde castigado, pero verde aun.

En todos los alrededores del Kronstadt, y por que no, de todo el puto mundo, había un solo rectángulo de tierra donde había verde, donde había vida.

Era nuestra cancha.

06/10/2006 04:40 Autor: clandestino. #. Tema: VARIOS.

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