BLANCANIEVES Y LOS 7 ENANITOS (final, final)

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Otra vez el Clande te sorprende mas que gratamente.

Manuel Marques (en los textos) y Lucho Casanova ( en las ilustraciones) te brindan una novedosa versión del viejo y querido clásico infantil “Blancanieves y los siete enanitos”.

Esta vez con el toque “FIERITA” tan de moda en los últimos tiempos en el bendito país colonia.

 

Como ya es costumbre en toda publicación Clandestina, rescatamos el formato del viejo y querido folletín.

 

Disfruten.

 

 

A esta altura la persecución toma un carácter “cuasi metafísico”, un devenir cercano al “surrealismo”, pero un surrealismo único, un “realismo mágico” que solo se puede dar en el  bendito “país colonia”, y aun más, en La Matanza.

 

Entrando a la “Ruta 3”, la bruja se trepa a un carrito de “cartoneros” y entra a castigar al “viejo pony” hasta hacerlo alcanzar una velocidad indescriptible.

Le da un par de órdenes a “empobrecido” chofer y se manda a la parte de atrás del carro desde donde empieza a sacudir cuetazos con su “uzi” recortada.

 

En tanto lo tres enanos, que ven como Maria Rosa se les escapa de entre la manos, paran a un repartidor de pizzas y le toman prestada el ciclomotor.

Haciendo milagros equilibricos, los tres se acomodan en el “diminuto” vehiculo y mientras uno conduce, los otros dos deserrajan ráfaga tras ráfagas de sus bruñidas pistolas.

 

No hay semáforos que puedan detenerlos.

Acá cae un peatón con “heridas lacerantes” en su tórax y abdomen, allá saltan en mil pedazos los vidrios del parabrisas de un colectivo y una camioneta.

Acullá, una vieja que intentaba cruzar la calle patina en la bosta del pony y es arrollada por la motoneta de los enanos que venia casi pegada al carro.

 

Para los mas viejos… ustedes se deben acordar de la persecución “fetiche” del cine, se producía en aquel bello film “Contacto en Francia”…bueno, al lado de esta, era solamente una carrera de “embolsados”.

 

Viéndose prácticamente sin escapatoria, la Bruja decide enfilar directamente hacia el Wall Mart de la rotonda de San Justo.

La muy puta pretendía camuflarse entre los “millones” de párvulos que daban vueltas por el hipermercado esperando su cajita feliz con el juguetito de “Burrito”.

 

Como haciéndose la boluda, agarra un chango e intenta perderse entre las góndolas.

 

Los enanos no le van a la saga.

 

Pijita también agarra un changuito y Chorizote y Bananazo se suben al mismo de un solo salto.

 

Bananazo va guiando el chango, trata por todos los medios de no perder de vista a la malvada bruja.

En de mientras, Chorizote, que no puede resistir ni una “promo”, ni una “súper oferta”, va cargando el chango de las mas surtidas boludeces. “un jabón en polvo con una shampoo de 200 cc., unas papitas saladas con gusto a mortadela, un bote inflable, y un tónico capilar, entre otra miríada de cosas inútiles”.

 

La Bruja, que no es ninguna boluda, detiene su rauda marcha y también carga en su chango “el jabón en polvo con el shampoo de 200 cc” de oferta, y luego reanuda la fuga.

 

La cacería se torna dramática.

Casi están rueda de chango con rueda de chango cuando llegan al “sector de los lácteos”.

Allí la bruja ve cerrado su paso por una promotora de “dulce de leche light” que sirve “ínfimas” porciones en “ínfimas” galletitas, para que los futuros consumidores las degusten.

La Bruja tira el carrito, y saca de entre sus maltraídas ropas una “Itaca”, (viejo recuerdo de un novio “rati” que tuvo hace ya algunos años).

Se parapeta entre la manteca y el yogurt y ni bien ve que los enanos apreta el gatillo de una manera mas que desenfrenada.

Explotan dos sachets de leche descremada y el piso se vuelve completamente blanco.

 

Los enanos no se quedan atrás.

Disparan un tiro tras otro.

Los potes de queso fundido vuelan en mil pedazos y el aire se espesa mientras el olor a ricota inunda el hipermercado.

 

La balacera es terrible.

Un repositor de postres de vainilla cae muerto, y de su mano inerte se cae un pack que enchastra el suelo.

Detrás de el, muere un empleado que se aprontaba raudamente a limpiar lo vilmente ensuciado, y atrás de el, desfallece un supervisor que venia a controlar a ambos.

 

La Bruja se ve perdida e intenta escaparse, y se escuda detrás de la promotora de dulce.

Es ahí cuando Pijita, después de evaluar fehacientemente los “daños colaterales”, vacía el cargador sobre la promotora y sobre la Bruja.

 

Con un tiro en la frente, la despiadada Bruja – Madrastra se desploma encima de la bella y virginal vendedora, que a su vez cae sobre el dulce de leche Light, y ambas revientan los innumerables frascos del pequeño stand.

 

“una muerte dulce”, dice Bananazo.

“volvamos”, dice Pijita.

“¿tarjeta o efectivo?”, pregunta Chorizote.

 

De vuelta en la villita, los enanos se aprestan a darle cristiana sepultura a la “inmaculada Blanca”.

Son larguisimos los cabildeos en lo que se ensimisman.

No pueden decidirse si mandarla “a tierra”, si “cremarla” o si acomodarla en un “coqueto” nicho.

A la final, se deciden a usurpar un altarcito del “Gauchito Gil” que hay en el fondo del barrio, y taparla con unos plásticos para que el que la quiera ver que la vea.

Así se hace.

 

La primavera deja atrás al invierno, y el verano deja atrás ambos.

Los enanos van un par de veces por semana a limpiar el altarcito y llevar algunos jazmines y otras fresias.

Los vecinos del barrio también se acercan a pedirle algún milagrito a la Blanca.

Alguna ayuda de esa que siempre andamos necesitando los pobres.

La Blanca estaba igualita.

El tiempo de muertita no había echo mella de su “primoroso” cuerpo, con lo cual le aumentaba la fama de milagrera.

 

Una tarde, cuando se recordaba un año de el inesperado deceso de la blanca, entre los enanos, vecinos y curiosos que se acercaban al templito estaba “Finito”.

 

Finito era el encargado de cambiarle el agua a los floreros de las tumbas del cementerio de Villegas.

Nadie le había conocido una novia. Todos especulaban sobre que el tipo tenía “gustos” sexuales extravagantes. Pero nadie podía sospechar lo que iba a suceder, así que se fueron yendo de a uno, cada cual para su rancho.

 

Cuando Finito se quedo a solas con la Blanca se le fue acercando muy despacito.

 

Primero la empezó a oler.

Muy lentamente.

Como explorándola con la nariz.

El cuello, el vientre y la concha.

 

Mas luego, dejo que su mano se deslizara por debajo de la celeste mortaja de la Blanca.

Casi como dibujando los contornos de la muertita.

La nuca, los senos y el deseadísimo coño.

 

Aquí, finito se sorprendió un poco.

El, que sabia de “fiambres”, noto que la conchita de la Blanca estaba extrañamente húmeda, pero atribuyo tan increíble fenomenito al roció que caía en las noches de abril.

 

Al final, se bajo los pantalones, pelo la chota, y dando rienda suelta a su mas profunda “necrofilia” separo las piernas de la blanca y la clavo profundamente.

 

No se si fue por cuestiones de calentura, o por tratar de consumar el “perverso” acto sexual, que finito no se dio cuenta de que luego de ser penetrada, y ante cada empuje del miembro viril, la blanca emitía unos pequeños gemidos, casi susurrantes.

Y cuando se dio cuenta era demasiado tarde.

 

Después de más de media hora de bombeo intenso, la blanca pego un grito “desgarrador” que sacudió el silencio que cubría la villita.

 

El grito fue más o menos así, “¡Así, así, hijo de puta! ¡No pares la concha de tu hermana!”.

 

Vale decir, que si bien Finito estaba cagadisimo de miedo, respondió al requerimiento de la muchacha dando los últimos embates hasta que la damisela se “relajo completamente” (gracias Boris Vian, traducción española).

 

Finito estaba desensillando cuando por detrás escucho que varias voces le gritaban:

“¡te voy a matar pedazo de mierda!”.

“¡que haces hijo de la remil puta!”.

“¡sorete de la gran concha de tu madre muerta!”.

Eran los enanos que se disponían vengar la humillación a que había sido sometido el cadáver de Blancanieves.

 

Cuando ya Bananazo le había metido la 45 en la boca de Finto y se disponía a volarle los sesos, se escucha la voz firme de la blanca que dice, “¡no lo hagáis, es mi héroe, mi príncipe azul, mi dador de vida!”.

 

La cólera dejo paso al estupor y el estupor a la más grande alegría.

 

Chorizote salio corriendo mientras gritaba a los cuatro vientos, “¡la blanca esta viva,!, ¡la blanca ve lo colore, ve!” (Gracias Luis Sandrini).

 

Y ahí nomás, el barrio entero estaba llevando en andas a la blanca y A finito en una interminable caravana de jolgorio e iracundia.

 

La fiesta del “revivimiento” duro varios días.

 

Después, cada uno volvió a su rutina.

 

Los vecinos a sus quilombos diarios.

 

Los enanos a sus “laburos” cotidianos.

 

Y la blanca y finito vivieron felices para siempre, (aunque que para poder coger, la blanca tuviese que fingir un “coma 4” tres veces por semana.

 

 

24/08/2007 23:25

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